Urdinarrain, el último refugio de los intransigentes

En esta localidad de Entre Ríos, gobierna el Partido Intransigente desde 1983; por decisión del intendente, los concejales no cobran sueldo. Consigna este informe publicado hoy por el diario La Nación. URDINARRAIN, Entre Ríos.- «¿Trajeron ropa para ensuciarse?», pregunta Martín Traverso, presidente del Concejo Deliberante del pueblo, a otros cuatro dirigentes que se acercaron hasta el local partidario para pintar el primer pasacalle de la campaña. Los nombres de los candidatos del oficialismo local son desconocidos fuera de las fronteras de esta localidad. Pero las letras que componen la sigla de la agrupación y los colores del escudo, rojo y negro, que quedan estampados en el cartel dan pistas de que este pueblo es único en la Argentina: Urdinarrain es el último refugio de los intransigentes.

Ubicada a 265 kilómetros de la Capital Federal, en esta ciudad de 9000 habitantes no lograron imponerse el PJ ni la UCR desde 1983. Desde ese año gobierna el Partido Intransigente (PI), la agrupación fundada por Oscar Alende, que fue tercera fuerza en el retorno de la democracia. Hoy integrada al kirchnerismo, al PI ya no le quedan representantes en el Congreso ni en las legislaturas provinciales. La intransigencia de Urdinarrain se distanció de la conducción nacional en 1990, en desacuerdo con el pacto que ese año selló con el menemismo, y devino en un partido vecinal, rebautizado como Intransigencia Popular (IP), pero conserva los colores y el espíritu del viejo PI.

«Pese a que tenemos una impronta local, siempre mantuvimos las raíces y la doctrina de la intransigencia: honestidad en la función pública y hacer política al servicio a la gente», cuenta Traverso, mientras delinea con un pincelito el borde negro del escudo partidario, que ocupa el centro del pasacalle. «Los demás candidatos hacen carteles impresos, cero militancia», comenta el joven Nicolás Bugarín, postulante a concejal, mientras repasa la frase que corona el cartel, desplegado sobre un tablón de madera sostenido con caballetes: «Vamos a vivir el futuro».

Más tarde, en ese mismo local, instalado en el taller de una antigua panadería que aún conserva el horno de barro y que fue propiedad del actual intendente, el panadero Alberto Mornacco, transcurre la reunión semanal del partido, abierta a los vecinos. Sentadas en sillas de plástico blancas, colocadas en círculo, unas 25 personas discuten, hoja blanca y birome azul en mano, el borrador de la plataforma que la agrupación presentará en la campaña electoral.

El candidato del oficialismo local, el actual secretario de gobierno, el productor ganadero Alberto Ledri, discute como uno más cómo profundizar las políticas de separación hogareña de residuos y la de ordenamiento de tránsito. Esas políticas son verdaderos orgullos de este pueblo, al que los vecinos suelen destacar como el lugar de nacimiento del «Polaco» Roberto Goyeneche. La última vez que Urdinarrain ganó notoriedad nacional fue en los años noventa, cuando buena parte de la localidad impidió el paso de un vehículo de la DGI que llegaba a hacer inspecciones, en lo que aquí recuerdan como «la rebelión de la granja».

Ese conflicto hoy parece lejano en esta ciudad de calles limpias y apacibles, en las que la siesta es respetada hasta por los perros, que vagabundean a gusto pero se cuidan de no ladrar. El éxito de la actividad agropecuaria, predominante en la zona, trajo un crecimiento desparejo. Casas amplias, lujosas y recién construidas se intercalan con viviendas de estilo colonial, con las paredes ennegrecidas por la humedad y el paso del tiempo. Camionetas 4×4 y autos último modelo conviven armoniosamente con gauchos que prefieren seguir andando a caballo.

La campaña de tipo artesanal y la horizontalidad en la toma de decisiones no son las únicas rarezas del grupo político que gobierna este pueblo. Pese a los intentos de la oposición, el oficialismo local mantuvo a rajatabla la política de que los concejales no cobren sueldo. «El presupuesto no da para tanto y la idea es que se siga trabajando por vocación de servicio», explica Ledri, y exhibe como muestra de austeridad su teléfono celular, un aparato antiguo y pegado con cinta adhesiva.

El ingeniero Jorge Riehme, candidato a intendente por la oposición, afirma que el trabajo ad honorem de los concejales se transformó en un tema político que es usado de manera demagógica por el oficialismo local. «Si el intendente cobra [alrededor de 9000 pesos], ¿por qué los concejales tienen que trabajar gratis?», se pregunta, en la sede del Frente para Todos, una alianza de mayoría radical.

Adornado con globos de colores e imágenes gigantes de los candidatos, el local ofrece una de las pocas postales típicas de campaña electoral. Por ordenanza municipal, no se pueden colocar pasacalles en las columnas de alumbrado público ni en los árboles. Tampoco se permiten las pegatinas. Los locales partidarios y los alambrados de las chacras ubicadas en los accesos al pueblo son casi los únicos sitios en los que se permite la propaganda callejera. «No hace falta gastar mucha plata en publicidad porque nos conocemos todos», explica Mornacco, en su despacho de la intendencia, rodeado de retratos de los jefes comunales ya fallecidos, entre ellos su padre, tan pelado como él. «Estamos de acuerdo con la medida porque hay que contribuir a mantener limpia la ciudad», opina Riehme.

El candidato opositor reconoce que en el pueblo hay cosas que se hacen bien, pero considera que después de casi treinta años el oficialismo adoptó los vicios por los que suele acusarse a las fuerzas mayoritarias a nivel nacional. «Es un grupo cada vez más cerrado sobre sí mismo que se vale de clientelismo para gobernar», acusa, y sostiene que ya se hace necesario un cambio. Sólo el 23 de octubre se sabrá si en el pueblo son mayoría los que piensan como él.

LaNacion.com

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