El acusado de asesinar a los policías tiene una coartada

Sorprendió a todos. Ayer, cuando nadie pensaba que Rubén Ricardo Ferreyra, alias Oreja, alias El Rosarino, iba a abrir la boca, ya que se abstuvo en la etapa procesal, mencionó que estaba dispuesto a contar su versión. Negó ser el asesino y el famoso bolso de su propiedad, que apareció en la escena del crimen “Me lo robaron en un asalto”, dijo.

Rubén Ferreyra nació el 22 de octubre de 1983. No llegó a terminar el primer año de la secundaria y abandonando Diamante, se radicó en Rosario. Tuvo un hijo con una primera pareja y dos con su segunda mujer. Laboralmente, se desempeñaba como changarín y hace algunos años había sido condenado por un delito relacionado con la Ley de Estupefacientes. Pasó varios años en la cárcel de Ezeiza y cuando le quedaba muy poco para recuperar la libertad, no regresó de una salida transitoria y su nombre figuraba entre los pedidos de captura a nivel nacional.
Ayer, al declarar ante el Tribunal de la Sala Primera de la Cámara del Crimen, integrada por los vocales Daniel Perotti José María Chemes (ambos, casualmente, oriundos de Diamante) y la doctora Marcela Davité de Acuña, el único imputado del terrible asesinato de los policías Elio Muñoz y Marcelo Zárate, sucedido en la madrugada del 4 de julio del año pasado, accedió a hablar por primera vez. Narró una historia tratando de despegarse del doble homicidio y, aunque admitió que el bolso encontrado junto a los cuerpos de los uniformados era el suyo, negó que el contenido, más precisamente un paquete de 326 gramos marihuana y varios proyectiles 9 mm, le pertenecieran. Alegó que un rato antes de que fueran ultimados los policías, un desconocido lo asaltó en la esquina de la casa de su madre y le robó el bolso Adidas azul, que más tarde aparecería en la escena del crimen.

La coartada.

A las 10.24 del lunes comenzó en los Tribunales de Paraná el juicio oral y público que se le sigue Rubén Ferreyra, procesado por un doble asesinato que conmocionó a toda la población de Diamante, y fue noticia en todos los medios de comunicación del país.
“Llegué el sábado a la casa de mi madre, a calle Yrigoyen al final, eran como la 1.30 de la madrugada, me atendió mi padrastro y la llamó a mi madre. Ella estaba en estado de ebriedad, lamentablemente. Estuve con ella hasta un poco después de las 3 de la madrugada y más tarde me despedí. Les dije ‘hasta mañana’, y les propuse comer unos pescados, tomar algo al día siguiente y me fui”, empezó contando el imputado.
De pantalón y campera de jean, zapatillas deportivas blancas, bien afeitado y con un corte de pelo en cepillo, al ras en la nuca y sobre las sienes y con unos cinco centímetros de altura sobre la parte superior del cráneo, Ferreyra, respondió cada una de las preguntas con un dejo de altivez. Llegó a replicar con preguntas los interrogantes que a su vez le hacían los abogados querellantes. “¿Y a usted qué le parece?, ¿qué hubiera hecho en mi lugar?, le retrucó a uno de los representantes legales de los familiares abatidos. Lo hizo desde el banquillo, echado para atrás sobre el respaldo, con una seguridad en sí mismo que no exhibió tres días después del hecho, la tarde que una delegación de la Prefectura y de la Brigada de Abigeato lo capturó en un islote frente a la costa de Diamante, famélico, las ropas y las manos negras de mugre, y con varios kilos de menos. Ahora está distinto. Parece bien alimentado, su lenguaje corporal es desafiante, ensancha los hombros, sonríe irónico cuando algo no le gusta y clava fijos los ojos sobre los de quien lo observa. No se parece en nada al hombrecito andrajoso que lloraba desconsolado en el Juzgado de Instrucción de Diamante, al que le costaba llevarse el cigarrillo a la boca por la forma en que le temblaba sus manos.

Contradicciones.

Ante el Tribunal, sostuvo que alguien lo asaltó esa noche cuando salió de la casa de su madre. “Al llegar a la esquina soy interceptado por una persona que sacó un arma y me asaltó, me dijo ‘dame el bolso o si no te mato’. Así que le di el bolso, me saqué la campera se la entregué también porque me la exigió y luego salgo corriendo y llego a la casa de mi cuñada, cerca del Puerto”, detalló.
Contó que le pidió a la esposa de su hermano que le prestara ropa “porque estaba todo sucio” ya que según dijo, se había caído y rodado por una pendiente durante la escapada.
Después agregó que cerca del amanecer se fue a la costa por donde pasó un muchacho que se iba a pescar y le pidió que cruzara a la isla de enfrente, para encontrarse con su hermano, un pescador apodado Malevo Ferreyra que tiende sus espineles y redes en la zona de la desembocadura del arroyo La Ensenada.
Rubén Ferreyra dijo en ese punto que el joven de la canoa me reconoce por el nombre y yo le respondí ‘¡ah vos sos el hermano de fulano de tal!’, sí le digo yo ¿me cruzas?, le pregunté y me dijo que sí”.
Sin embargo, un rato después al ser consultado por el agente fiscal Leandro Ríos, dijo que no podía acordarse del nombre de esa persona, lo que resultó llamativo para la querella, pues esa madrugada no tuvo inconvenientes en reconocer por el nombre a una persona que hacía 10 o 11 años que no veía, el mismo sujeto de quien ayer no consiguió evocar su nombre ni apodo. “Crucé y me quedé pescando –prosiguió-. Lo vi más tarde a mi hermano, Le conté lo que me había pasado y me preguntó qué pensaba hacer y le dije que me iba a quedar pescando. ¿Qué otra cosa iba a hacer, si me quedé sin plata, sin nada? Ahí nomás me dijo que le iba a decir a la mujer y que a la noche íbamos a organizar para salir a tirar unos espineles”.
Más tarde, siguió relatando, “mi hermano regresó, ya que yo me había quedado del otro lado de la orilla, me encaró y me dijo ‘¡vos mataste a los policías!’. ‘¿Qué decís?’, le pregunté, ‘¡vos mataste a los policías!, ahí en Diamante están diciendo eso y están haciendo allanamientos por todos lados’”. Según contó, le juró que no había matado a nadie y que su hermano entonces le aconsejó que se quedara en la isla.
Y ahí estuvo, sin más pertenencias que una frazada roñosa, un frasco de café y un paquete de sal, hasta que vio aproximarse río arriba a la lancha de Prefectura.

Desmayo.

Ferreyra dice tener una laguna mental para reconstruir lo que sucedió en las horas siguientes, porque “me tiraron a la lancha como bolsa de papas y me mataron a palos”. Dice que lo llevaron a la delegación de la Policía de Diamante y “ahí perdí el conocimiento y a los dos días me trasladan para la Unidad Penal de Paraná”, relató.
Cuando se le preguntó por qué no volvió a la casa de la cual acababa de salir, después de ser asaltado, y por qué corrió para el lado del puerto, a la casa del cuñado y no se volvió a la casa de su madre, respondió: “no me veían desde hacía 10 años y no quise volver a la casa con las manos vacías otra vez, porque el que me robó el bolso me llevó todo lo que tenía encima”.
Al ser interrogado sobre lo que llevaba en el bolso, mencionó que tenía mudas de ropa, un cuchillo artesanal, “de esos que venden en las estaciones de servicio” que se lo traía de regalo a su hermano “pero había quedado un poco oxidado porque un tiempo antes había carneado un carpincho”, aclaró.
Cuando comenzaron a interrogarlo el fiscal Ríos y los querellantes, Marcos Rodríguez Allende, Walter Rolandelli, Nelson Schlotauer y Paolo Favotti, surgió el tema del arma. La respuesta de Ferreyra era previsible. “Nunca llevé armas, no me gustan, sé diferenciar entre un revólver y una pistola, pero nunca me gustaron las armas de fuego”, contestó categórico.
Respecto a las drogas, admitió que era consumidor, pero dijo no ser drogodependiente, y cuando se buscó sondear más profundamente sobre esa marihuana y su procedencia, tanto su abogada, la doctora Lucrecia Sabella, como el fiscal Ríos objetaron la pregunta por resultar “meramente incriminatoria”, lo que fue compartido por el Tribunal.
Además de seguir negando el haber tenido alguna participación en el doble homicidio, y pese a aceptar que era su bolso el que apareció en el escenario del doble crimen (aunque esgrimiendo en todo momento su coartada de que fue asaltado por alguien que se lo sustrajo a mano armada esa misma madrugada), negó tajantemente que entre sus pertenencias haya tenido fotos de él y su familia. “Yo reconozco este bolso como el mío”, dijo al Tribunal, cuando se lo exhibieron junto a otros dos, “pero nunca tuve una foto guardada. Lo que sí recuerdo es que en una ocasión, en uno de los allanamientos que hicieron en la casa de mi madre cuando me buscaban, la Policía le había pedido una foto y no se la quisieron dar, y entonces se llevaron una que estaba en un portarretrato”.
Casualmente, la foto que dijo que le quitaron los policías una década antes, es la misma que apareció en el bolso que el homicida dejó junto a los cuerpos agonizantes de los dos policías: se trata de una imagen familiar en la que están el imputado, en ese entonces de unos nueve años, y sus hermanos apenas más grandes que él.

Antecedentes

Ferreyra tenía una causa en la Justicia y dos pedidos de captura antes de caer preso en Diamante, acusado del doble asesinato. Era buscado por haberse fugado mientras cumplía con salidas transitorias del Penal de Ezeiza adonde había ingresado en el año 2002 por “Tráfico de estupefaciente agravado por la pluralidad de intervinientes y sirviéndose de menores”.

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