Dramático relato de un argentino: «Londres está siendo literalmente saqueada»

Federico Pettinato, un joven que vive en los suburbios de Londres, cuenta cómo se vive el conflicto en la zona

as noticias son como capítulos de una película, mientras no se acercan demasiado a uno. Eso fue lo que le sucedió a gran parte de la población londinense. Eso fue lo que me ocurrió a mí. Los primeros disturbios en Tottenham, suburbio ubicado al norte de Londres, no generaron mayor atención más allá del impacto que provocaron las fotos de los destrozos.

A priori, un reclamo realizado por 300 personas para exigir justicia por el asesinato de un joven, que murió durante un confuso procedimiento policial, no parecía tener mayores repercusiones. Sin embargo, como muchos otros acontecimientos de la historia, bastó una pequeña chispa para generar un río de violencia que ya se extendió a grandes sectores de Londres y que amenaza con generalizarse en otras ciudades de Gran Bretaña.

Las primeras señales de que realmente algo no estaba bien las percibí durante ayer a la tarde. Inmerso en mi vida cotidiana comencé a recibir llamados de amigos que me advertían de que los disturbios se estaban propagando y cruzaban la ciudad de norte a sur en sentido directo hacia la zona donde resido.

Apresurado por mis obligaciones y acostumbrado a cierto nivel de conflictividad, propio de ser argentino, agradecí las advertencias pero decidí continuar con mi itinerario que implicaba viajar hacia el norte de la ciudad. Un par de horas después, mientras recorría la zona céntrica de Kilburn noté que algo había cambiado en las calles. Las personas caminaban deprisa, con temor en sus miradas. A mi paso una mujer mayor advertía, con tono de súplica, a los empleados de un minimercado: «Tienen que cerrar, tienen que cerrar». Mientras me dirigía al subte para regresar a mi hogar percibí una atmósfera densa, propia de algo inminente.

El llamado de Adam, un amigo, me advirtió que en mi viaje de regreso podría encontrar problemas. La policía se había desplegado en lugares como New Cross Gate, donde comenzaban a registrarse desmanes y por donde mi tren debía pasar. Antes de bajar al metro me despedí diciendo «me voy para casa, deséame suerte». Una vez en viaje, casualmente o no, desconozco los motivos, el tren estuvo detenido durante largos minutos en la estación situada a metros de uno de los focos de violencia. Fueron momentos de tensa vigilia que afortunadamente se terminaron cuando la formación reanudó su marcha.

Al margen aún de ciertos detalles y de la velocidad con que los acontecimientos se acercaban, llegué a mi casa. El contacto con los medios de comunicación y con mis afectos, que desde Buenos Aires me escribían preguntándome si estaba bien, me terminó de convencer de que las revueltas en Londres no eran una noticia del mundo exterior, de esas que veía en la televisión y que tan lejos las sentía, sino que era algo que me estaba sucediendo, no solo a mí, a todos.

Todo rastro de la sensación de seguridad que viví en esta ciudad se desvaneció cuando comencé a ver cómo los lugares que visito en mi vida habitual se reducían a fuego y escombros. Island, un mercado de productos congelados en el barrio de Peckham, ardió durante horas hasta quedar reducido a cenizas. Lo mismo sucedió con Tesco, un supermercado localizado en el barrio de East Dulwich, que fue saqueado sin que nadie ofreciera resistencia alguna.

La ciudad está siendo literalmente saqueada al estilo de la edad media. Vándalos que no responden a ninguna consigna clara, que no portan ninguna bandera reivindicatoria, queman y destruyen sin ninguna contemplación. Ocultos bajo pañuelos y capuchas imponen una violencia sin sentido, ante la mirada atónita de los testigos ocasionales y haciéndole frente a la presencia de la policía, que por el momento mantiene una actitud de cautela.

Mi hogar, cercano a múltiples zonas de conflicto, ya no me parece seguro. El sonido de los helicópteros, las sirenas de policía y de la ambulancia comenzaron a tener otro significado. Los continuos alfileres en el mapa de la devastación se distribuyeron de forma tal que podrían indicar tranquilamente mi derrotero cotidiano.

Por Federico Pettinato *
* El autor es argentino y vive en un barrio de los suburbios de Londres

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